Es un hecho. No puedo cagar delante de nadie. Incluso estando sólo en casa (cosa común), cierro la puerta del baño con cerrojo y sumo cuidado. No quiero que ningún ente, si es que hubiese alguno, me observase. Es como si el giro del pestillo bloquease una veda astral que impide a cualquier elemento inteligible tener conciencia de mi despojo fecal. Ni siquiera hago ruido. Lo intento.
Cuando vi acercarse a uno de los agentes del departamente, empecé a anunciarle mi emparentamiento con una figura pública. "¡Soy tío de Joel Kazerky! ¡Exijo explicaciones de por qué he de hayarme aquí aún!". ¿Quién coño es Joel Kazerky? Pero era imposible que no le conociesen. ¡Publica en el New York Times, sale en los medios esporádicamente! ¡Yo le conozco! ¿Le conozco? ¿Le conoce usted? ¿Alguien? ¿Verazmente alguien le conoce? ¿Alguien se conoce a sí mismo de manera introspectiva o saliendo del armazón avistándolo desde algún inefable lugar? Oh, parece que nadie ha oído hablar de él. ¡Coño! Y los otros dos reclusos me miraban raro. Bueno, me miraba uno. El otro seguiá dormido, puesto que yo tampoco gritaba tanto. No tengo una voz poderosa. De córvido meloso, quizás. Grazno suavemente sin que la gente se percate de mi hálito de corneja. No llega a ser molesto por la ganancia, pero sí puede que por el timbre disonante.
Algo más tarde vino un hombre blanco pecoso. Era agente federal. Apenas la toqué. Y me masturbé delante de un público muy limitado. No soy un terrorista, un criminal, un maleante, un mendigo, un lascivo, un cobarde, un ímbécil que todo lo que tocó se hizo mierda... un coproalquimista... un verdugo suicida, un error de edición, pus en el lienzo del Deber... (...) No, no soy nada de eso, ¡cojones! Soy uno más. Y ahí me di cuenta de mi error. No era uno más. No era. Era ninguno y ni eso. Pensé, entonces, que podía salir de la celda, qué podía atravesar el muro. Que los grilletes atónitos no encontrasen materia que ahorcar en mis muñecas. Podría librarme de todo. De mi propio elemento físico y abrazarme desde fuera, para ser lo nunca sido. Para no ser. Y me fuí.
Estuve un rato fuera de mí, como de costumbre. Y me desperté súbitamente porque el trayecto había llegado a su destino. El agente federal era el único objetivo en mi campo visual. Su cara estaba a escasos centímetros de mía. Creo que me acababa de hacer una pregunta de la que yo no me percaté en ningún momento. Me encontraba tumbado interpretando estigmas de clavo y madera en mi cara. Me desfiguré totalmente al saber que en realidad era. Era yo mismo. Ergo no había no sido en ningún momento. El federal estaba arrodillado junto a mí, con el brazo derecho doblado y la palma izquierda como sustento de una base poco convincente en cuclillas. Ciertamente estaba asustado. Me sentía como una niña en un encuentro con el quarterback del equipo de la escuela. Una niña, porque con 16 años se sigue siendo eso. Y estaba atemorizada porque ese chico me iba a romper el hímen. ¿Qué iba a hacer? Papá se enteraría tarde o temprano. Joder, todos en el instituto hablarían de ello, llegaría a oídos de los profesores.... ¡Del director! ¡Ese cabrón me prefiere muerta! Yo nunca le hice nada. Creo que me tiene manía porque sé que es un maricón de mierda. Y claro, mamá rompería a llorar. Lloraría al saber que su hija fue "violada" encima de una mesa. Pero es que se me escapaba hipo de mujer. Y no lo podía evitar. Los poros se fundían entre lo que antes fue mi pueril vida y lo que se convertiría en melancolía, en despreocupación, dos cervezas y deseo. Quería lanzarme a sus brazos, pero mi postura no me lo permitía. Quería... rozar sus labios un poquito... Y luego adentrarme, trepar por sus ahíncos, su exaltación, quemarme con el vapor de las hormonas en un canto de sangre y pérdida, ¡alabado sea el pálpito jugoso que yace en cada niña, que despierta y enloquece, que primero agoniza y después necesita! ¡Necesita del capricho orgásmico, no de la inocencia! Dulce flor arrancada era cuando mi jarrón inocente se quebró . Las consecuencias no tardarían en llegar. Pero, ¡hagámoslo rápido!, ¡que llegan! Que no se entere nadie. Eché el pestillo de la puerta. Esta vez no cagué. Le besé. Y yo era yo, y el quarterback era el federal. Y nadie dijo nada. Porque yo le estaba besando, el estaba siendo besado, un recluso estaba dormido y el otro no tenía lengua.
Dos horas más tarde me encontraba en una celda de aislamiento. Quise mantener silencio. Aunque ciertamente no hay silencio etimológico, porque no existe, no es. Para nuestro cerebro, no es más que ruido de fondo, pero es el sonido del cosmos, la realeza fundamental, la base de toda armonía y disonancia existente. Quise apreciarlo, pero no pude porque mi respiración desincronizada y acentuada no me lo permitía. La pared derecha era de ladrillo, mientras que la paralela estaba acolchada y la de fondo también. La única forma de salir era no ser. Pero dejando de estar vivo, sería. El suicidio parecía lo único claro. Pero no. Dirían: "Está muerto". ¿Lo estoy? Da igual estarlo o no, seguiría estando. Y no quiero estar, ni ser, ni nada. No quiero nada, ¡cojones! ¡Iros todos! ¡Iros con el Deber, falso ídolo hecho de los escombros de un dios al que no supisteis mantener vivo! ¡Falso ideales inalcanzables, mezquinos y pegajosos, que os limpian la cara pero sepultan vuestras proyecciones más oscuras y necesarias en el subconsciente! ¡Por eso vosotros os levantáis con las prendas menores empapadas del fluido correspondiente a lo natural! ¡Dejad que sea la propia naturaleza la que os engañe y no vuestras fraudulentas imágenes de ideales, no concebidos por la razón, sino por la herencia cultural nefasta! ¡Dejad de una vez que el sexo os consuma, os libere, jugad sin tablero, sólo solapando unas fichas encima de otras! ¡No hay dados, no hay azar, no hay simetría! ¡Fornicad!¡Hambre y sed erradicadas, sed los nunca sidos! ¡Dejad los sueños, la parafernalia, las caras limpias de la nueva fase, las tapaderas morales y las soberanas gilipolleces! ¡Violáos unos a los otros y esperad el inminente caos de vuestras vidas, de vuestro mundo, de todo! Porque tarde o temprano llegará y caminaremos sobre las cenizas de otros, y en última estancia, sobre las nuestras.
Y fue entonces cuando me percaté de la puerta poseía un ojo de buey. Supongo que estaría blindado o sometido a cualquier proceso que le dote de resistencia y dureza extra. Era mi único nexo con el exterior. Fuera estaba un pasillo estrecho oscuramente esterilizado. No había vida. Sólo veía el ligero brío de una luz de emergencia a lo lejos. Mi celda, por el contrario, estaba tétricamente ilumnada. Estuve analizando el cristal. Primero lo toqué y seguidamente, arremetí contra el con todas mis fuerzas dando un cabezazo. No me dolió mucho ni sangré. Para muchas culturas, los espejos son portales a otros mundos, quizás a un universo paralelo donde las mujeres me acosen, donde los animales violen a mi sobrino, donde el deber mendigue en la puerta de un supermercado y muera gélidamente a los tres días y dónde la Necesidad se lleve a cabo sin ningún pretexto menos su propio nombre. Necesidad. Vi muy remota la posibilidad de no ser. Pero podía, puede, escaparme de todo. No tener la necesidad de no ser. Y arremetí nuevamente contra el mirador, usando la testa de manera insólita mas inexplicablemente eficaz. Al cuarto cabezazo me mareé seriamente. No me caí, e insistí. Como explicar la contracción que sintió mi corazón, el derrame de fluidos de mi cerebro me manera interina, la descolocación de mi propia entidad en un intervalo de medio segundo antes de chocar por el intento zaguero mi cabeza. Pude ver al otro lado del cristal, que ya no era una mera ventana, sino un espejo, a aquel muchacho que me violó el subconsciente en el burdel. Haciendo exactamente lo mismo que yo. Era mi propio reflejo. Era de otra realidad. Yo intentaba entrar en su mundo y él en el mío. Nos pusimos de acuerdo en milésimas de segundo con una mirada perdida, pero con un brillo ancestral, con una fuerza que se intuye y te taladra los intestinos. Y dimos el golpe de gracia.