martes, 21 de mayo de 2013

Enmienda de altercados anímicos I

Doctrina digital, los dedos pusilánimes aprenden a posarse sobre las turgencias de mi frente y ojos. Una presión detractiva que sirve parcialmente como analgésico de males, jaquecas y vilipendios emocionales repentinos. Borrar la inocencia de los juguetes, sus caras de poliuretano son un epígrafe usado como papel higiénico. El sinsentido está a la orden del día, ¿por qué no dedicarle odas a la porcelana en la que con tanto arrojo frustación escatológica derrame? Lo que un día bañas de mierda, al siguiente crece por el abono.

La puerta no puede hablar, le partí en 'tocata y fuga' la boca (¡apréciese la armonía disonante y victoriosa del júbilo ante lo inerte!) y aprendió tras años a enmudecer, a no sentir, a ser coagente de la dura labor del silencio de las paredes, órganos y varices del alma. 
¡Dejad de miradme!  A la sombra de vuestra urticante presencia. Los ojos que con tanto esmero plasmé en viñetas de residuo impreso (mis matices y malas obras) coartan mis peticiones de libertad, me incomodan e inhiben profundamente. Es así, como dibujé la marca del orden subjetivo, que ató a la ira por el régimen de la vergüenza: De enfrentarse a su progenitor la osadía y la ponzoña.

I. 'La memoria en sí carece de prejuicios y valoraciones.Todo recuerdo podrido deberá recomponerse tras la orden y ensayo del dolor, con el fin de romper el maldito ciclo de reiteración del pasado.'

Pecados etílico-morales.Merezco castigo, retribuyo en pos de una causa, la cual cale en los cimientos de la dilogía, pues acicalarse en el nihílo es disolverse, impresentarse, dejar a la existencia reducida a fantasía y quimeras. 

                              '¿Qué es peor, el infierno o la nada?'

T.Durden, Fight Club





domingo, 17 de marzo de 2013

Afterdream sessions

            Señuelo, en el juego de la vorágine. Concatenación y reciclado de mis partes. Soy un tetrabrick de leche con la cara de algún niño perdido. Despierta. Y sigues en un sueño. No despiertes, simplemente abre los ojos. De la tenue tarde el fogonazo, a media luz,  el Sol y mis nubes generan una mala combustión. Nitratos y ácido sulfídrico en el aire. Esto es lo que llaman realidad, señores. Sigo oliendo a pólvora, pero no reventé. Me confundía la etereicidad simulada en mi propio ser durante tanto tiempo. Era un pesadilla. Era soñar con una rutina alternativa. Al fin de cuentas, con lo mismo, vivir dos veces, no distinguir qué mierda pesa más, en la balanza de mi Némesis vehemente.

            Rezar un credo con un revólver metido en la boca. No tienes rosario. Dale vueltas al puto tambor. Y líbranos del mal. Y la pared se convierte en color, dolorido color de los pocos que te tenían algo de aprecio. Atrapado en un ciclo uróboro de rutina, orgullo que se autolesina con cucharillas de plástico, ultimátum de las cuerdas que ya no saben como afinarse ni como sonar. Todo se desencaja. Como algunos rostros tras la cirugía plástica. Todo se desmorona, pero gana inercia. Te paras, y es el ciclo diario el que te arrastra. Sin descanso ni tregua. Sólo una forma de salir. Ya dije. Rezando. A mi manera. Por mi alma y por las vuestras. Una oración de sangre. Ave María. Percute el martillo. Amén, hermanos.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Tuerto IV

Es un prado sembrado de frecuencias altas. La sirena suena porque acabo de romperle el ojo al pobre buey. Acabo de romperme la crisma y fluye a través de la fisura lo más parecido al alma que puedo tener. Me evaporo y me arropo en la película del espejo. Entonces comienza a secarse el pelo y desparezco, soy vaho de una ducha de ácido nítrico. Y arruino la cutícula dermial del cristal. Decaigo y el fulgor cetrino de mis entrañas quita la sed a todos aquellos que se quedaron sin lengua ni garganta, porque ya no quisieran hablar más. Os atravesaré el cuerpo con clavos licuados, soy del mismo color que la peste y que la alegría, soy el gas que se escapa de la gravedad, porque no quiere problemas. Ceniza que te pudre los pulmones, silicosis en tus branquias. No respires agua. Respira cieno. Gritáis porque vuestro hímen están tensando y quebrándose, secándose al Sol de la Nueva Fase, meretrices sin título ni fundamento. Quedaros sin piel y que el pellejo abrigue a las larvas. Que vuelva ya la primavera creciendo sobre bolsas, condones y latas que han ido perdiendo el color por la meteorización química. Que florezcan ya los portadores de los aguijones, los cardos, las jeringuillas, que se pinchen todas las aves en ellos y se coloquen y den giros de campana y hagan todo tipo de piruetas y filigranas, y que se estrellen, y que se exploten, y que se revienten en vuestros cristales, en vuestras casas, en vuestras testas desnudas ahora sin tegumento, en ...DESPIERTA (...) (...)

No desperté porque nunca me había dormido realmente. Simplemente aparte la mirada de mis pensamientos. Tenía los ojos dados la vuelta mirando en la umbría de mi mente. DESPIERTA. Y descubrí que tenía dos parpados por ojo. Y me deslumbró la luz. Todo era gris y canela, no había un foco de luz en concreto, si no que todo aquel armazón pseudometálico despedía brillo de sus propias moléculas. Auramente suave. Estaba en otro lugar totalmente distinto a la celda de aislamiento.

Y allí estaba. Agachado, detrás mías sujetandome evitando que me desmoronase contra el suelo. Era el muchacho del puticlub. El del pacto. El demonio con unas Vans. Y un hombre delante, sentado en el suelo contra la pared posterior. No me le veía apenas. Pero oía su voz. Fija y constante, formal y disciplinada, sin jadeos ni pausas innecesarias. DESPIERTA. Imperativa por naturaleza mas no doblegante ni amenazadora. Me hablaba de tú a tú. Como si yo estuviera a unos centímetros de él. Como si yo fuera alguien...

- DESPIERTA. ¿Dice que se llama Fidouh?..

Cambió todo. Su hálito era interrogante. Era como otra persona, otro ser, me hablaba de otra dirección pero yo seguía mirando hacia delante. Cambió su tono, su expresión socio-lingüistica. Su esencia. Y de pronto el muchacho empezó a contarme todo lo que quería saber de él. Fidouh. Aquel hombre no le veía, era como de otra dimensión, no sé que coño era ni de donde venía. Pero empecé a  recapitular mientras me susurraba al oído en un idioma que transmitía no palabras, si no conocimiento directo. Y recuerdo todo lo que no viví. Me dijo todo lo que debía contestar. Y supe todo, quien era y por qué hizo eso. Supe qué hizo. Nadie más lo sabe (me lo ha dicho), a excepción del intercesor allí presente...
(...) (...) (...)

Acabé el diálogo con aquel hombre. Ahora debía morir. Le dije a Fidouh que en esos momentos, yo no tenía brío alguno ni temperamento firme para cortar el fino hilo de mi existencia. Sacó un punzón de unos 20 cm de longitud con un mango de baquelita beige. Me dijo que no me iba a doler.

 Ya se cierro el grifo y sólo gotea un poco de sangre. Me exprime, mis lágrimas de angustia por acabar así. Estoy desangrándome en el suelo. Me convierto paulatinamente en un pelele inerte. El hombre sigue mirandome. Fidouh deja de sostenerme, deja de ser mi maestro de marionetas y me tumba bocar arriba en el suelo, ante mis convulsiones y gritos difónicos que conectan dos mundos. Ninguno de los dos se mira. Parece como si yo estuviera entre dos planos dimensionales, que yo fuera la barrera, el límite. Ahora soy, pero dejaré de ser. O no.

Hasta ahora, sólo hice el ridículo. Y ahora el fantoche termina así, una piñata de tripas e hiel. Aquel que nunca fue querido me contó que la sonrisa se la pintan a uno desde dentro hacia fuera, y no al revés. Quizás por eso siempre sonreí poco. Me cago en sus muertos y en su mala arte. Arte sobrehumano que te doblega en contra de tu propia voluntad, que te enseña, que te desnuda. Se seca la gota verde. Ya no queda más mierda que tenga que sacar. Me suda la frente y apenas siento las manos.

No he tenido propósitos claros, ni oscuros. Mi sobrinos me odian. Mi único amigo me odia. El Deber me odia. La enajenación hundida en mi ser, locura creída pero no creada, nunca, exaltación de lo surrealista y de la eximición del dolor. Hedonismo barato de coñac y mil viejas zorras y una joven, tantas como las noches, sin pestañear, creyendo que toqué la cima. Sus pechos. Naturaleza, me engañaste. Me tejiste como parte de red, atrapado siempre. Debo huir de ti. Debo romper el ciclo. Pero no puedo, ¡ay, pobre de mi, sucia rata onanista! ¡Cúan mezquino he llegado a ser, vendiendo mi alma al mejor postor al final del camino! Pensé que matándome podría escapar de la realidad, pero soy contigente, otra almorrona más en el culo de un taxista. Hasta nunca Deber, creo que es nuestro último encuentro. Se me empieza a nublar la vista y mi cerebro deja de ser regado por la nitroglicerina que me solía recorrer, ahora desparramándose el fluido en el piso. Que te jodan y que nazcan más tíos con pelotas totalmente cuadradas que te forniquen. No como yo. Para que cuando den por culo no reboten, sino que machaquen y se queden encajadas.


miércoles, 13 de febrero de 2013

14 F

Bien dicen por ahí: "Mejor no celebrar el 14 de febrero que no celebrar el primer domingo de mayo".Recuérdenlo siempre.

Parece el prefacio de una aventura lejana en el cronos que me esperó impaciente sin que yo hubiese nacido. Pero las historias que aún están por hacer no mueren, porque nunca han vivido. Jugo de 2,4 watios y sazón de fármacos. Me altera un poco y el estómago aúlla, porque algo dentro de él quiere salir. Picándome por dentro, arañando lo barrotes de hiel. Se propaga, y la garganta no es más que un callejón sin salida (ni entrada).  La angustia fermenta gracias al oxígeno casi extinto en mis entrañas. Lo peor viene, arrastrado por una gota de sudor que se inmoló desde mi frente. No tengo fiebre, pero si un pavor subyacente que no me deja dormir. 

Nadie lo toma en serio. Ni siquiera yo. Pasando por distintas manos de manera subrepticia se dan cuenta de que mis piezas están encajadas por la fuerza y no por el orden;  por un régimen tejido sobre la conciencia. Se percatan de ello, pero la pasividad es la fuerza antimotriz más detestable y poderosa en cuanto a relación de estas dos cualidades. Y me doy cuenta de ello, ya demasiado tarde. Con una mano en el rosario y con un pie en el infierno. Que tiren de mí y me desquebrajen, que salgan caramelos y confeti de mi interior. "Reventar" es lo único que se refleja en mi mente. "Reventar" es lo único que suspira el vientre.

Hoy para mí es un día de luto. Por una historia que se estuvo engendrando y de la que sólo quedó su aborto. Por lo que pudo y no fue. Amén, ¡y de un trago, caballeros! Me siento peor al reconocer que con el sexo busco compasión y resucitar lo que nunca fue. Es una farsa, una crónica podrida que me sonríe y que yo mismo engendré. ¡Mi propia invención no tiene culpa de su imperfección! No dí para más. Cáete. Cáete conmigo, los dos juntos, y acabamos con esto. Porque no se trata de amor, señores. Se trata de falta de sentido, generalizando más. Me valgo de los paroximos de lo absurdo como analgésico. Mi vida tiene demasiado sentido, impuesto por las miradas ignominiosas que me quemaron con su estela, modelándome.
Pero ya da igual. Mientras mi cuerpo siga siguiendo las órdenes del sátrapa de mi cerebro, creo que mi enemigo estará entre rejas.  Sesos, actuar por mí, ¡que lidio con las emociones, con el fracaso, con mi destierro a la pseudo-inmortalidad de la lógica radical! Estoy demasiado ocupado por poco hacer, por poco discutir. Estoy demasiado triste por besarme en el espejo y luego escupirme. Llora ira, que tus lágrimas lo abrasan todo. 

Mi combustible. La patente ígnea, la mejor de todas las invenciones: Quemar el odio y que el vapor de la sangre lo nuble todo y lo mueva todo. Mi motor sulfúreo y suplicante, pero sediento a la vez. Aguantaré mientras quede carburante. Matándome muy poco a poco antes de que lo haga la naturaleza.

"La autoperfección es simple masturbación, sólo la autodestrucción conlleva evolución" Tyler Durden, Fight Club





domingo, 10 de febrero de 2013

3 AM

Arden unas cuantas cuerdas de levante, capote y fuga. Se mezcla el mejunge entre sus manos brujas, rebosa  el hedor en derredor perforándome el cardias, de una madre muerta que alimenta a su hija con su propia carne. Carroñeros de la pulpa de una leyenda, arropados por la picaresca y el sombrero de ala ancha. Refugiados del rechazo y de la gracia, me arropo en mi propia Leyenda (Negra). Como nadie. Y así, me dieron las tres de la mañana. Robáronme un cacho de lengua, pero me devolvieron algo de entrañas. Mejor mudo, puedo callar y oir lo que me dice astillada y rota una soleá. Y toqué con redundancia lo fácil, sin acordes ni arpegios, vulgar mas atractivo. Pongo un reclamo, sólo el olor me excita y me siento Tántalo. Hay que vestirse para la ocasión. Me pongo el nudo de mi horca a modo de corbata. Abogado de las causas pérdidas de profesión, pérdida de una causa por emoción. Me acuerdo cuando despertaste mi deseo y me dormí, sobre una tabla de agujas. Sentí que mi piel se llenaba de color y mis ojos de vida, pero era el color carmesí de mis propios jugos huyendo de la hemorragia, chocándose las gotas sin saber dónde morir y secarse, para luego florecer. Dolor del fruto que cayó sin madurar, que lo tiraron, que lo violaron, que no sirvió: De verde era y la cura también. Como la peste. Peste de no verte y flema de quererte (bien lejos).  Quererte sin verte, porque el recuerdo ya se fue llevándose la dignidad maniatada a rastras.

Y se me queda grande, la verdad. Yo que sé que haré. No sé que haré si la piel me tira del alma, si el corazón se me escapa de la boca cada vez que ladro, si soy yo que me coso a mi propia sombra para no aparecer de noche. Para hundirme en el suelo por no hundirme en el vaso.Para que deje de pesarme el bolsillo con todas las Lunas que recogí para ti. Porque qué tendrá la noche que me graba en los labios una nota sin fondo, como la botella. Y canto por las mañanas un bostezo sostenido, no ocasionado por reclamo de Morfeo, sino por monotonía. Porque qué tendrá la noche que te tapa los ojos y te promete su cielo sino despiertas nunca.

sábado, 9 de febrero de 2013

7 PM

Acaba de irse el Sol. No sé si es el nexo de la promesa o la falta de coraje lo que me mantiene con vida. Lo malo no es no tener. Sino no saber apreciar lo que tienes. Soy un cínico y un desconsiderado que se arropa con anhelos lejanos a mi mente y al tiempo. Y sigo teniendo frío. Mi fachada está muy adornada, pero se caen los tabiques y ya no quedan ni mendigos dentro. Ahora que desde mi mansión de hueso y ceniza veo la congoja acercándose a mí, tengo que moverme. Pero me ata el juramento y tira de mí el deseo. Un deseo oscuro y primario de autocercenación. Imprudencia y lascividad reflejadas en mi propia contra. Soy mi peor enemigo en estos momentos. Debo agradecer que los edificios de esta zona son relativamente bajos. Mi entereza y brío no dan para más y la ficha me pesa demasiado, me hunde y sólo quiero saltar y volar. Me tendré que quedar quieto y arroparme con mis despojos, buscando mi aflicción con su apéndice más maldito, los labios, vidrio al que lamer para quedarme ciego. Porque ojos que no ven, corazón que no siente.

Tuerto III

Es un hecho. No puedo cagar delante de nadie. Incluso estando sólo en casa (cosa común), cierro la puerta del baño con cerrojo y sumo cuidado. No quiero que ningún ente, si es que hubiese alguno, me observase. Es como si el giro del pestillo bloquease una veda astral que impide a cualquier elemento inteligible tener conciencia de mi despojo fecal. Ni siquiera hago ruido. Lo intento.

Cuando vi acercarse a uno de los agentes del departamente, empecé a anunciarle mi emparentamiento con una figura pública. "¡Soy tío de Joel Kazerky! ¡Exijo explicaciones de por qué he de hayarme aquí aún!". ¿Quién coño es Joel Kazerky? Pero era imposible que no le conociesen. ¡Publica en el New York Times, sale en los medios esporádicamente! ¡Yo le conozco! ¿Le conozco? ¿Le conoce usted? ¿Alguien? ¿Verazmente alguien le conoce? ¿Alguien se conoce a sí mismo de manera introspectiva o saliendo del armazón avistándolo desde algún inefable lugar?  Oh, parece que nadie ha oído hablar de él. ¡Coño! Y los otros dos reclusos me miraban raro. Bueno, me miraba uno. El otro seguiá dormido, puesto que yo tampoco gritaba tanto. No tengo una voz poderosa. De córvido meloso, quizás. Grazno suavemente sin que la gente se percate de mi hálito de corneja. No llega a ser molesto por la ganancia, pero sí puede que por el timbre disonante.

Algo más tarde vino un hombre blanco pecoso. Era agente federal. Apenas la toqué. Y me masturbé delante de un público muy limitado. No soy un terrorista, un criminal, un maleante, un mendigo, un lascivo, un cobarde, un ímbécil que todo lo que tocó se hizo mierda... un coproalquimista... un verdugo suicida, un error de edición, pus en el lienzo del Deber... (...) No, no soy nada de eso, ¡cojones! Soy uno más. Y ahí me di cuenta de mi error. No era uno más. No era. Era ninguno y ni eso. Pensé, entonces, que podía salir de la celda, qué podía atravesar el muro. Que los grilletes atónitos no encontrasen materia que ahorcar en mis muñecas. Podría librarme de todo. De mi propio elemento físico y abrazarme desde fuera, para ser lo nunca sido. Para no ser. Y me fuí.

Estuve un rato fuera de mí, como de costumbre. Y me desperté súbitamente porque el trayecto había llegado a su destino. El agente federal era el único objetivo en mi campo visual. Su cara estaba a escasos centímetros de mía. Creo que me acababa de hacer una pregunta de la que yo no me percaté en ningún momento. Me encontraba tumbado interpretando estigmas de clavo y madera en mi cara. Me desfiguré totalmente al saber que en realidad era. Era yo mismo. Ergo no había no sido en ningún momento. El federal estaba arrodillado junto a mí, con el brazo derecho doblado y la palma izquierda como sustento de una base poco convincente en cuclillas. Ciertamente estaba asustado. Me sentía como una niña en un encuentro con el quarterback del equipo de la escuela. Una niña, porque con 16 años se sigue siendo eso. Y estaba atemorizada porque ese chico me iba a romper el hímen. ¿Qué iba a hacer? Papá se enteraría tarde o temprano. Joder, todos en el instituto hablarían de ello, llegaría a oídos de los profesores.... ¡Del director! ¡Ese cabrón me prefiere muerta! Yo nunca le hice nada. Creo que me tiene manía porque sé que es un maricón de mierda. Y claro, mamá rompería a llorar. Lloraría al saber que su hija fue "violada" encima de una mesa. Pero es que se me escapaba hipo de mujer. Y no lo podía evitar. Los poros se fundían entre lo que antes fue mi pueril vida y lo que se convertiría en melancolía, en despreocupación, dos cervezas y deseo. Quería lanzarme a sus brazos, pero mi postura no me lo permitía. Quería... rozar sus labios un poquito... Y luego adentrarme, trepar por sus ahíncos, su exaltación, quemarme con el vapor de las hormonas en un canto de sangre y pérdida, ¡alabado sea el pálpito jugoso que yace en cada niña, que despierta y enloquece, que primero agoniza y después necesita! ¡Necesita del capricho orgásmico, no de la inocencia! Dulce flor arrancada era cuando mi jarrón inocente se quebró . Las consecuencias no tardarían en llegar. Pero, ¡hagámoslo rápido!, ¡que llegan! Que no se entere nadie. Eché el pestillo de la puerta. Esta vez no cagué. Le besé. Y yo era yo, y el quarterback era el federal. Y nadie dijo nada. Porque yo le estaba besando, el estaba  siendo besado, un recluso estaba dormido y el otro no tenía lengua.

Dos horas más tarde me encontraba en una celda de aislamiento. Quise mantener silencio. Aunque ciertamente no hay silencio etimológico, porque no existe, no es.  Para nuestro cerebro, no es más que ruido de fondo, pero es el sonido del cosmos, la realeza fundamental, la base de toda armonía y disonancia existente. Quise apreciarlo, pero no pude porque mi respiración desincronizada y acentuada no me lo permitía. La pared derecha era de ladrillo, mientras que la paralela estaba acolchada y la de fondo también. La única forma de salir era no ser. Pero dejando de estar vivo, sería. El suicidio parecía lo único claro. Pero no. Dirían: "Está muerto". ¿Lo estoy? Da igual estarlo o no, seguiría estando. Y no quiero estar, ni ser, ni nada. No quiero nada, ¡cojones! ¡Iros todos! ¡Iros con el Deber, falso ídolo hecho de los escombros de un dios al que no supisteis mantener vivo! ¡Falso ideales inalcanzables, mezquinos y pegajosos, que os limpian la cara pero sepultan vuestras proyecciones más oscuras y necesarias en el subconsciente! ¡Por eso vosotros os levantáis con  las prendas menores empapadas del fluido correspondiente a lo natural! ¡Dejad que sea la propia naturaleza la que os engañe y no vuestras fraudulentas imágenes de ideales, no concebidos por la razón, sino por la herencia cultural nefasta! ¡Dejad de una vez que el sexo os consuma, os libere, jugad sin tablero, sólo solapando unas fichas encima de otras! ¡No hay dados, no hay azar, no hay simetría! ¡Fornicad!¡Hambre y sed erradicadas, sed los nunca sidos! ¡Dejad los sueños, la parafernalia, las caras limpias de la nueva fase, las tapaderas morales y las soberanas gilipolleces! ¡Violáos unos a los otros y esperad el inminente caos de vuestras vidas, de vuestro mundo, de todo! Porque tarde o temprano llegará y caminaremos sobre las cenizas de otros, y en última estancia, sobre las nuestras.

Y fue entonces cuando me percaté de la puerta poseía un ojo de buey. Supongo que estaría blindado o sometido a cualquier proceso que le dote de resistencia y dureza extra. Era mi único nexo con el exterior. Fuera estaba un pasillo estrecho oscuramente esterilizado. No había vida. Sólo veía el ligero brío de una luz de emergencia a lo lejos. Mi celda, por el contrario, estaba tétricamente ilumnada. Estuve analizando el cristal. Primero lo toqué y seguidamente, arremetí contra el con todas mis fuerzas dando un cabezazo. No me dolió mucho ni sangré. Para muchas culturas, los espejos son portales a otros mundos, quizás a un universo paralelo donde las mujeres me acosen, donde los animales violen a mi sobrino, donde el deber mendigue en la puerta de un supermercado y muera gélidamente a los tres días y dónde la Necesidad se lleve a cabo sin ningún pretexto menos su propio nombre. Necesidad. Vi muy remota la posibilidad de no ser. Pero podía, puede, escaparme de todo. No tener la necesidad de no ser. Y arremetí nuevamente contra  el mirador, usando la testa de manera insólita mas inexplicablemente eficaz. Al cuarto cabezazo me mareé seriamente. No me caí, e insistí. Como explicar la contracción que sintió mi corazón, el derrame de fluidos de mi cerebro me manera interina, la descolocación de mi propia entidad en un intervalo de medio segundo antes de chocar por el intento zaguero mi cabeza. Pude ver al otro lado del cristal, que ya no era una mera ventana, sino un espejo, a aquel muchacho que me violó el subconsciente en el burdel. Haciendo exactamente lo mismo que yo. Era mi propio reflejo. Era de otra realidad. Yo intentaba entrar en su mundo y él en el mío. Nos pusimos de acuerdo en milésimas de segundo con una mirada perdida, pero con un brillo ancestral, con una fuerza que se intuye y te taladra los intestinos. Y dimos el golpe de gracia.